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Coliseo: El gladiador


Relatos de Ciencia Ficción

29-07-2008 17:44
Por: An saura

Relato en primera persona sobre un hombre destinado a morir en la arena.


romanos
Miedo, eso sentía en el sucio callejón del Coliseo del Nuevo Imperio Romano. Mi mano sostenía una espada sierra aún sin encender; se conectaría automáticamente en cuanto cruzara el umbral del callejón. “Los progresos de la humanidad”, pensé con cinismo sabiendo que mis minutos ya estaban contados. El sucio lugar en el que me encontraba hedía a orines y a heces mezclados con el aterrador olor metálico de la sangre recién derramada. Junto a mí se encontraban otros dos desgraciados desafortunados, ambos armados con espadas idénticas a la mía, pero empuñándolas de forma inexperta. Eran unos pocos años mayores que yo, así que no habrían tenido que hacer el año de servicio militar obligatorio en el ejército como lo hice yo en mis años mozos. Ya peino canas, mi barba de pocos días muestra mechones blancos que me hacen aparentar más edad de los treinta y ocho años que tengo, pero mi cuerpo aún se mantiene firme en la medida de lo posible. Pensaba que podría pasar el resto de mi vida junto a mi mujer, viendo como mi hijo emprende su vida solo tras dejar atrás la recién pasada infancia (acaba de volver de cumplir el servicio militar en un lejano planeta). Me gustaría pensar que el resto de su vida será feliz y sin problemas, pero el asiento vacío en el día de su cercana boda, el asiento que debería ocupar yo, habrá sido vaciado por culpa de este opresor Imperio dirigido por el megalómano más peligrosos que ha parido la humanidad en siglos. Ejerce su poder de forma indiscriminada, sentenciando a vida o muerte como se le antoja y no permite que nadie se oponga a él. De hecho, la causa por la cual estoy aquí es haber reclamado en voz alta la separación de poderes que había en tiempos de nuestros abuelos; bueno, ni siquiera eso: sólo lo expresé en voz alta ante un pequeño grupo de amigos. Nunca sabré quién fue aquél que me delató, pero espero con todo mi corazón que pierda todo lo que ame en este mundo, por muy cruel que parezca.

Afuera se escucha el bramido de la multitud, cómo contienen el aliento. Escuché un grito desgarrado, inhumano, enseguida oculto por un rugido de animación: acababa de morir un hombre en la arena y el público gritaba como si de un encuentro deportivo se tratase. Para ellos lo era. Una lágrima pugnó por salir de mi lacrimal y recorrer mi mejilla, pero el miedo lo impidió. Aquella lágrima era de pena, pena hacia mis semejantes, pena por saber que habría niños en aquel graderío aprendiendo que la sangre y la muerte son estimulantes y divertidas. Pronto verían otra sangre en la arena, la mía, la de los que van tras de mí, la del gladiador que se encuentra en la arena esperando a su próximo rival, la de un supuesto Imperio que recibe más daño a causa de las muertes en el coliseo que por las bombas de los terroristas autodenominados libertarios, pero que no dejan de ser un grupo de sádicos que buscaban un motivo para causar daño a inocentes, pues sus objetivos siempre eran supermercados, centros comerciales o estaciones de tren, nunca mandatarios o políticos pro-imperio. Los engranajes de la reja suenan, mi corazón da un vuelco; me toca salir a la arena al encuentro de la muerte. Aprieto la empuñadura de mi espada, resbaladiza por el sudor producido por el miedo. Respiro hondo y doy un paso. Traspaso el umbral del callejón, la empuñadura de mi espada vibra, ya estoy en la arena.

romanos
Mis ojos se ciegan un momento a causa de los potentes focos que iluminan la escena. Cuando se acostumbran a la luz contemplan un círculo perfecto lleno de tierra apisonada, ya roja por los litros y litros de sangre que allí se han derramado. En el centro del círculo se encuentra otro gladiador. Era un hombre de musculatura formidable, armado con un gran martillo y protegido por una pequeña cota de malla de plastiacero, ligera a la par que resistente. El gladiador se encontraba en cuclillas, apoyado en su martillo. Una voz se escuchó sobre los gritos de la multitud: era el locutor anunciado mi entrada y el dato de que mi oponente sólo necesitaba una muerte más en su haber para alcanzar la ansiada libertad. Esto me dio una idea. Clavé la espada en el suelo y avancé hacia el gladiador. Éste no hizo ningún ademán violento, sabía que no iba armado. Me acerqué a él y le susurré una dirección y un nombre al oído al tiempo que ponía en su mano una alianza de boda. Mi oponente me miró a los ojos y asintió con la cabeza. En aquel fugaz instante me di cuenta de que aquel hombre no disfrutaba de aquello, era como yo: sólo deseaba volver con su familia. Le di la espalda sabiendo que no me atacaría a traición y recogí mi espada del suelo. Pulsé el botón que activaba la sierra de su hoja y me volví a mi oponente, el cual empuñaba ya su martillo con ambas manos. Lo saludé con la cabeza, saludo que él imitó; no cuesta nada ser amable con un hombre que vas a matar. Ambos nos pusimos en posición de combate a la vez: la lucha había comenzado.

Ninguno de los dos nos movimos en un comienzo, nos limitamos a mirarnos mutuamente en un duelo mental con el que nos evaluamos antes de cruzar nuestras portadoras de muerte. Nos movimos en círculo hacia la derecha al unísono, pero sin atacarnos. Los abucheos de los espectadores llegaron hasta nosotros, deseaban sangre y vísceras, nada de juegos o de combates profesionales. Pronto tendrían su sangre. Allá en su tribuna, el Emperador comenzaba a impacientarse. Al fin damos un paso adelante, tomo la iniciativa. Lanzo un golpe a la derecha, mi rival lo esquiva sin llegar a trabar nuestras armas. Doy una media vuelta y escapo por centímetros del golpe de su martillo, cuando la cabeza metálica pasó a mi lado me pareció oler a sangre podrida. Nos entremezclamos en una danza mortal, en la que el primero que dé un paso en falso pierde la vida. El sudor recorre mi espalda, mi brazo se agarrota, el vibrar de mi espada lo empeora todo, haciendo que mi muñeca tiemble terriblemente. Mis piernas responden con más lentitud a cada segundo que pasa, mi corazón late frenéticamente, a punto de colapsarse por el esfuerzo. Sólo continúo vivo gracias a que mi rival ya estaba agotado por los combates anteriores, física y mentalmente. Por fin, uno de los dos da un paso en falso. Soy yo. Apoyo mal un pie, me resbalo y me veo obligado a clavar la rodilla en el suelo para no caer del todo. No me da tiempo a recuperarme, veo la cabeza del martillo dirigirse hacia me rostro a gran velocidad. Cierro los ojos y las lágrimas que esperaban en mi lacrimal caen, mi último pensamiento es para mi mujer. No volveré a abrir los ojos, no volveré a sentir sus caricias. No volveré a escuchar la risa de mi hijo. Ya no volveré a sentir nunca más.

 



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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   puta
03-11-2008 18:10
ppppppppppppppppuuuuuuuuuuuuutttttttttttttttaaaaaaaaaaaaaaaaassssssssssssss

   Buena idea, desarrollo a medias
11-08-2008 17:29
Creo que has querido combinar la idea de modernizar las historias de gladiadores con un relato de corte intimista sobre los pensamientos de un hombre enfrentado a la muerte sin remisión.

Son dos ideas que no ganan la una con la otra, y eso se nota en una primera parte muy expositiva, de la que la segunda podría prescindir (simplemente podrías haber ambientado la acción en la época romana con igual resultado). Haces un ejercicio de adaptación que no tiene frutos e incluso resulta, en mi opinión, contraproducente para el resultado de emocionar que buscas con la última parte.

En tal sentido podrías haberte centrado en hablarnos en la primera parte de ese hombre que iba a morir, para hacernoslo cercano, vivo, real, para que su muerte nos doliese. Emplear esos recursos de los que habla akhul.

Creo que el texto gana en su última parte y el final tiene un dramatismo adecuado, pero al que no nos ha llevado el resto, y por lo tanto no transmite todo lo que debería. Enfoca un relato como un todo. Lleva al lector donde tú quieres llevarlo. Si quieres emocionar, ve a ello. Y busca los detalles. Son los que nos acercan alos protagonistas. Los que les dan nombre y les libran de los arquetipos.

Así conseguiras en todo el relato la calidad de sus últimas frases.

En todo caso un relato muy agradable de leer.

Sonrisas

   Falto de tensión
29-07-2008 17:48
No he conseguido sentir realmente la angustia del hombre enfrentado a una muerte injusta. Incluso su conversación con el otro gladiador me ha resultado excesivamente sencilla, como para cubrir el expediente.

Creo que deberías intentar ser menos expositivo, dejar que la historia trasluzca a través de lo que ocurre sin necesidad de decirlo tal cual.

   RE: Falto de tensión
29-07-2008 19:45
Como siempre, gracias por la crítica, tomo nota.




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