Kiro III


Relatos de Fantasía

24-06-2008 14:37
Por: eddgomez

Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/992065/

Capítulo tercero.


kiro iii
Después de despedirse de Yeldo, Kiro caminó a través del bosque durante varios días. Siguió la ruta recomendada por el anciano hasta que llegó a un pequeño pueblo de leñadores. En principio no le fue fácil tratar con los habitantes del pueblo, ya que les despertaba cierto temor, pero con el paso de los días ganó su confianza y aceptación. Así fue como Kiro comenzó a trabajar como leñador a cambio de alojamiento y unas cuantas monedas.

Los leñadores eran hombres de apariencia tosca y vida sencilla. No poseían grandes riquezas, ni las buscaban. Vendían madera a comerciantes que iban periódicamente al pueblo, y no siempre el pago era hecho en kimeres. En ocasiones cambiaban la madera por sales, especias, objetos, herramientas etc.

Al principio, los leñadores hacían muchas preguntas a Kiro, las cuales él no sabía cómo responder; al cabo de un tiempo dejaron de interrogarle. Ellos le enseñaron varios trucos útiles para su nuevo trabajo, el cual desempeñaba con mucho talento, ganándose rápidamente el respeto y la admiración de sus compañeros. El único problema que tenía Kiro era que no se llevaba bien con los animales. Las mulas, caballos, cabras, perros y demás le temían; huían de su presencia. Los leñadores atribuían ese hecho a la extraña apariencia de Kiro y nunca le dieron mucha importancia. Pero un día este problema casi se cobra la vida de un leñador.

Kiro y sus compañeros de labor se encontraban talando árboles. El jefe del grupo acababa de llegar al área, y traía consigo varios garrafones de agua y algunas herramientas. Filco –así se llamaba el jefe- llamó a Kiro para que le ayudara a desmontar las cosas. El chico se acercó corriendo. Cuando estaba a pocos metros de Filco, quien estaba desatando los garrafones, la yegua se asustó y sin más emprendió la huida. La mano de Filco quedó enredada entre las cuerdas de los garrafones.

La yegua corría a través del bosque arrastrado el cuerpo del leñador. Era imposible que los demás leñadores le alcanzaran, pero no para Kiro, quien corría a toda velocidad detrás del animal. La yegua iba rumbo a un despeñadero; una caída en ese lugar era una muerte segura para Filco, quien intentaba por todo los medios detener al desbocado animal, sin lograr éxito alguno.

Kiro logró alcanzar a Filco, pero le era difícil liberarle la mano o detener la yegua. El despeñadero estaba a pocos metros. Fue inevitable: la yegua salto arrastrando consigo a Filco un instante antes de que éste pudiera liberar su mano.

Los leñadores vieron cómo la yegua y Filco se perdían a su vista al borde del precipicio; lo que nunca esperaron ver fue a Kiro saltando detrás de ellos sin vacilar por un momento. Obviamente, los leñadores supusieron lo peor. Todos llegaron al borde del despeñadero, y no podían dar crédito a sus ojos. Kiro estaba aferrado a una roca con su mano derecha, mientras que la izquierda sujetaba el talón de Filco, quien colgaba de cabeza en el vacío, asustado pero a salvo.

Esa noche hubo una gran celebración. Todos agradecían a Kiro haber salvado a Filco, aunque él decía que la culpa de aquello era suya.

-La culpa la tiene esa maldita yegua de los mil malditos abismos. Tú saltaste detrás de mí y me salvaste, eso es lo que cuenta. Ni mi padre haría algo así. Tú eres un héroe.

La celebración se extendió por toda la noche.

Kiro se sentía feliz al ser tratado con tanto aprecio. Incluso después que Filco –totalmente ebrio- le quitara la máscara para darle un beso. El tiempo pareció congelarse ante la imagen de aquel rostro. Hombre, mujeres y niños lo observaron y quedaron atónitos por un instante que pareció eterno.

Filco se encogió de hombros e hizo una extraña mueca, aunque no de desagrado; parecía más bien de decepción.

-Esperaba que fueses más feo que yo… y de verdad que lo eres.

Todos rieron a carcajadas. Filco le dio un beso en la mejilla a Kiro y lo apretó fuertemente entre sus ásperos brazos. A nadie pareció importarle la apariencia de aquel ser. Entonces, la felicidad de Kiro llegó hasta el cielo.


kiro iii
Un mar azul se extendía hasta el horizonte lejano. El agua cambiaba su color azul por amarillo y se convertía ahora en las arenas de un desierto interminable. Del suelo surgieron árboles milenarios de un verde radiante y el suelo se cubrió de hierba. El viento sopló y cambió nuevamente la forma de todo, ahora los árboles eran seres de distintas razas que hablaban al mismo tiempo lenguas diferentes. Todos los seres se convirtieron en vapor y formaron una sola figura, un ser con una máscara dorada y una túnica negra. Ahora el suelo era un libro tan grande como el mar o el desierto, y las letras se convirtieron en puertas y senderos que iban a todas las direcciones tomando formas erráticas e imposibles. Una mujer está al final de uno de los caminos, su rostro está cubierto con vendas y está vestida con una túnica blanca. Tiene un cristal que brota de su frente. Todo desaparece, excepto la mujer y su mirada que irradia luz. Energía comienza a rodearla, halos de luz nacen de su cuerpo, formando una criatura de energía pura…


Un bullicio le despertó abruptamente. No era el típico ajetreo que hacían los leñadores cada madrugada para ordenar la leña o prepararse para la faena cotidiana. Alguien había llegado al pueblo y algunos leñadores lo rodeaban con hachas en mano, pues sabían que se trataba de unos de aquellos que perseguían a Kiro.

-Lárgate de aquí si no quieres que te despedacemos -vociferó uno de los leñadores, pero el sujeto no hacía ni decía nada; sólo los observaba.

Kiro lo reconoció al instante: Adirael. Ese nombre sonó como un lamento en la voz de Kiro. Resignado ante su destino, el chico caminó con paso lento y firme hacia el recién llegado.

-Apártense, ésta es mi batalla.

kiro iii
Filco y los demás obedecieron la orden, aunque no de buen agrado. Cuando dos “hombres” deciden combatir, nadie debe interponerse.

Todo el pueblo observaba aquellos seres extraños. Sus vestimentas les hacían parecer casi idénticos. Las únicas diferencias radicaban en la máscara rota de Kiro y el cabello corto y dorado de Adirael. Por lo demás, uno parecía en reflejo del otro.

Las manos de Filco sudaban a tal grado que la empuñadura de su hacha se resbaló entre sus dedos…

Adirael corrió contra Kiro y le propinó un puñetazo en el abdomen con tal fuerza que lo lanzó a más de diez metros. El cuerpo destruyó una pequeña cabaña con el impacto.

…el hacha de Filco cayó al suelo. Ningún ojo fue capaz de captar lo ocurrido. Kiro salió de entre los escombros y sin perder tiempo arremetió contra Adirael. El chico desató una tormenta de golpes que no lograron su objetivo, ya que su adversario los esquivaba con una velocidad sorprendente.

Giró sobre su cuerpo lanzando una patada, Adirael se movió a un lado y le sujetó el tobillo con ambas manos, lanzándolo por los aires. El cuerpo de Kiro chocó contra el suelo. Nuevamente Adirael le tomó por el tobillo, pero esta vez para golpearlo una y otra vez contra el suelo, llevándolo un lado a otro como si fuese un muñeco relleno de paja. Cada impacto producía un sonido seco y retumbante. Los leñadores intentaban animarle y lanzaban maldiciones e improperios a Adirael, quien hacia caso omiso.

Kiro logró zafarse. Los impactos habían tenido efecto, aunque si se hubiese tratado de un ser normal, de seguro estaría muerto. La situación era difícil: aunque sus niveles de fuerzas eran similares, Adirael le superaba en velocidad. Debía encontrar el momento preciso para atacarle o estaría perdido.

Kiro tomó un gran trozo de leña. Los espectadores sabían ya lo fuerte que podía ser su compañero, y por ello no se sorprendieron al verle levantar algo que a tres hombres le resultaría difícil mover. Pensaron que se lo arrojaría, pero no fue así: sólo lo sostenía entre sus brazos.

Adirael corrió otra vez. Su ataque era en línea recta, Kiro ya lo había calculado; lanzó el tronco contra su adversario, quien intentó esquivarlo moviéndose a la derecha, pero Kiro estaba muy cerca, ya que al lanzar el tronco también inició la marcha detrás de él. El chico golpeó con todas sus fuerzas a su oponente en una rodilla. El hueso crujió como la madera al romperse, pero esto no detuvo a Adirael, quien sujetó a Kiro por el cuello y lo echó al suelo.

Éste recibía una ráfaga de golpes en todo el cuerpo. Los impactos eran tan fuertes que el suelo vibraba con cada golpe. Le era imposible defenderse de tal ataque en esa posición. Un hacha se enterró desde el hombro casi hasta el pecho de Adirael. Éste no emitió el mínimo signo de dolor o molestia; de la herida manaba un líquido azul. Filco aún estaba de pie atónito ante el hecho. Retrocedió unos pasos, y un fuerte golpe lo elevó por los aires haciendo que cayera a varios metros de distancia, inconsciente.

Adirael se disponía a retirar el hacha de su hombro, pero sintió cómo los brazos de Kiro rodeaban su cuello. Sólo bastó un movimiento para que su cabeza diera un giro de casi trescientos ochenta grados. El cuerpo cayó al suelo. Todos los leñadores aclamaron a Kiro.


Ya era la época en que los mercaderes iban al pueblo en busca de madera. Kiro los esperaba con ansias ya que ésa podía ser su oportunidad de aprender a leer. Ningunos de los leñadores sabía hacerlo; a lo sumo podían garabatear su nombre. Filco le había dicho que era seguro que los mercaderes sí sabían leer, así que tal vez ellos le enseñarían.

kiro iii
Desde muy tempranas horas todo estaba listo. Ya los mercaderes habían llegado. En su mayoría eran herdricones. Kiro no paraba de obsérvalos. Él notaba que esa raza compartía parentesco con Gamade. Eran de la misma estatura que un humano cualquiera, y sus ojos eran de un verde muy intenso, aunque algunos eran de color anaranjado. Poseían una larga y tupida cabellera y abundantes cejas, pero ninguno era de rostro barbado. Algo muy llamativo de esa raza eran sus orejas, las cuales poseían largos lóbulos. Al parecer la longitud dependía de la edad, ya que los herdricones más viejos tenían mayor longitud en sus lóbulos que los herdricones jóvenes.

Gustaban de tener muchas alhajas y accesorios. Llevaban zarcillos en sus orejas, anillos en sus dedos, colgantes y brazaletes, tantos como les fueran posible cargar. Sus vestimentas también eran opulentas: vestían finas túnicas de telas muy llamativas y exóticas con bordados en oro e hilos de cristal.

Sus formas físicas eran similares a las de los humanos. Los mayores mostraban con orgullo una prominente barriga. Sin embargo, los jóvenes eran esbeltos y atléticos. Eran de personalidad muy abierta y en extremo conversadores.

Algunos herdricones habían montado quioscos improvisados para vender e intercambiar sus mercancías. Kiro iba de un lado a otro observándolo todo lleno de curiosidad, como un niño. Detuvo sus pasos en un quiosco en donde vendían armas. Hacía tiempo que deseaba tener una, pero no había encontrado la adecuada. Las hachas y espadas no eran de su agrado, aunque había aprendido a manejarlas bien. El mercader le enseñó unas cuantas espadas de diferentes tamaños, lanzas, arcos, ballestas y otras más, pero ninguna llamaba su atención.

-…bueno, a ver si te gustan éstas. De seguro nunca las habías visto, pues las conseguí en una tierra muy lejana. Se llaman sayseres -el mercader sacó de un cajón dos hojas de metal, cada una tan larga y ancha como un antebrazo de Kiro. Cada una estaba montada en un mecanismo que se sujetaba a los brazos del portador. Kiro se las colocó en sus antebrazos, y el mercader le explicó que si activaba tal punto, las hojas se retraerían o se desplegarían según su voluntad-. Son fáciles de ocultar debajo de la ropa y útiles para sorprender al enemigo…

Kiro consideró que las sayseres eran excelentes para él, ya que se adaptaban a su agilidad a la perfección.

Filco tuvo que ayudarle a negociar con el mercader; los herdricones tenían fama de usureros y timadores. Además, aún no manejaba muy bien los valores de las monedas. Al final obtuvo las sayseres. Se las mostraba a los leñadores como si fuesen un juguete nuevo. Las probó atacando enemigos imaginarios y contra trozos de leña. Casi se había olvidado de averiguar si algún mercader le podía enseñar a leer...

Kiro buscó el libro y volvió al puesto del mercader que le había vendido las sayseres y le explicó lo que deseaba. El herdricon tomó el libro y lo hojeó.

-Esta escritura es muy antigua. Los signos parecen ser del alfabeto saikmun. No puedo ayudarte, y tampoco creo que los demás puedan. Tendrás que buscar a un saikmun, y uno muy viejo. -Kiro preguntó al mercader dónde vivían esos tales saikmunes-. Será difícil que encuentres alguno en Trubaj, tal vez si vas a la ciudad de Calios…

Estaba decidido, era tiempo de partir.

Kiro le habló a Filco de su decisión, y éste muy a su pesar, ya que le había tomado mucho aprecio, le apoyó e hizo los arreglos para que pudiese partir al día siguiente junto a los mercaderes hasta la costa y que desde ahí tomara una barco hasta Calios. Kiro se despidió de los leñadores, y algunos le regalaron monedas para el viaje; otros le aconsejaron que no se fiara de nadie. Al día siguiente, partió rumbo a Calios.

 

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